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Opinión |
Beatriz Talegón
Viernes, 19 de Junio de 2026
Beatriz Talegón

Cuidar no puede seguir saliendo gratis

Hay una frase que no solemos decir en voz alta, quizá porque nos incomoda demasiado: todos vamos a cuidar y todos vamos a necesitar que nos cuiden. No hablo de una posibilidad remota, ni de algo que les pasa a otros. Es una certeza biográfica. Antes o después, la vida nos coloca ahí: al lado de una cama, pendientes de una medicación, cuadrando citas médicas, levantándonos por la noche, haciendo números, renunciando a planes, ajustando jornadas, tragándonos el cansancio y descubriendo que cuidar no es solamente querer. Cuidar también es tiempo, dinero, salud, paciencia, conocimiento y apoyo. Y todo eso se paga, aunque no salga en ninguna nómina.


Y, sin embargo, en España seguimos tratando los cuidados como si fueran un milagro doméstico que se organiza solo. Algo que sucede puertas adentro, en silencio, casi siempre sostenido por mujeres, casi siempre sin ayuda suficiente y, demasiadas veces, demasiado tarde para quien la necesita

 

La palabra “cuidadora” se queda corta para todo lo que contiene. Una cuidadora es quien acompaña al médico, pelea con la burocracia, entiende los cambios de humor, sabe dónde están los informes, controla las pastillas, prepara la comida adaptada, cambia pañales, escucha, consuela, duerme poco, se culpa mucho y, demasiadas veces, desaparece de su propia vida sin que nadie lo note.


De esa desaparición silenciosa habla Pepa Bossy Lluch en "Ni santa, ni mártir, ni invisible", un libro que he tenido muy presente tras la conversación que he mantenido hoy con ella. No desde el lamento, sino desde una lucidez necesaria: cuidar no convierte a nadie en santa, ni debería condenar a nadie a ser mártir. Y, desde luego, no puede seguir volviendo invisible a quien sostiene la vida de otros.


No estamos ante casos aislados. Estamos ante una realidad social gigantesca. España tiene ya más de 1,6 millones de personas con prestación efectiva en el Sistema de Dependencia, y el envejecimiento de la población no va a ir a menos. El propio INE proyecta que las personas mayores de 65 años podrían rondar el 30% de la población hacia 2055. Yo seré una de ellas. Y seguro que tú también. Esto no es una anécdota familiar: es uno de los grandes retos económicos, sociales y humanos de nuestro tiempo.


Mientras los discursos oficiales presumen de longevidad, bienestar y esperanza de vida, muchas casas viven la otra cara: la de las familias que no llegan. Familias que cuidan sin formación, sin descanso, sin ingresos suficientes, sin apoyo psicológico y con una sensación permanente de abandono. Porque una cosa es decir “qué bonito es cuidar” y otra muy distinta es cuidar 24 horas al día cuando la administración tarda meses (o años) en responder.


En la Región de Murcia, todo esto tiene nombres y cifras que deberían sacudirnos. Según los últimos datos difundidos a partir del Observatorio Estatal de la DependenciaMurcia aparece con una espera media de 552 días para resolver expedientes de dependencia. Quinientos cincuenta y dos días. Más de un año y medioLa ley fija un máximo de 180 días. Traducido: hay personas que esperan ayuda durante más tiempo del que muchas enfermedades tardan en arrasar una vida familiar entera. Hay cuidadores que llegan al límite antes de que llegue la resolución. Hay dependientes que mueren esperando.


Y no es solo una cuestión de dinero, aunque también. Es una cuestión de modelo. De si vamos a seguir descansando sobre una red invisible de mujeres agotadas o si vamos a atrevernos, por fin, a construir un sistema de cuidados digno, moderno y realista. Porque cuidar tiene coste. 

 

Coste físico: dolor de espalda, insomnio, ansiedad, enfermedades que se agravan porque quien cuida deja de ir al médico. Coste emocional: culpa, tristeza, irritabilidad, aislamiento. Coste laboral: reducción de jornada, abandono del empleo, pérdida de oportunidades, menos cotización y, después, pensiones más bajas. Coste económico: adaptar la vivienda, pagar ayuda privada, comprar productos sanitarios, desplazarse, asumir terapias, medicación, material ortopédico. Y coste vital: dejar de quedar, dejar de viajar, dejar de descansar, dejar de ser tratada como una persona completa.


El INE ya refleja que cientos de miles de personas ocupadas trabajan a tiempo parcial para poder cuidar a personas dependientes. No es una decisión libre cuando no hay alternativa. Es una renuncia envuelta en el papel de regalo de la “organización familiar”. Y, otra vez, la carga recae sobre las mujeres. Hemos avanzado mucho en discursos de igualdad, pero seguimos permitiendo que el gran colchón del Estado del bienestar sea el cuerpo cansado de las mujeres.


La sociedad tampoco lo pone fácil. A la cuidadora se le exige amor incondicional, disponibilidad absoluta y buena cara. Si se queja, parece egoísta. Si pide ayuda, parece débil. Si se cansa, parece mala hija, mala madre, mala esposa o mala persona. Hemos romantizado tanto el sacrificio que a veces confundimos cuidar con inmolarse. Y no. Cuidar no debería significar desaparecer.


Necesitamos cambiar la mirada. Y hacerlo ya. Primero, reconocer a las personas cuidadoras como parte esencial del sistema, no como figurantes que “ya se apañan”, sino como agentes fundamentales del cuidado. Eso implica formación, información clara, acompañamiento psicológico, respiro familiar y derechos. Una cuidadora que no descansa acaba enfermando. Y cuando enferma quien cuida, se cae todo.


Segundo, hay que desbrozar la selva burocrática. La dependencia no puede ser una carrera de obstáculos para gente que ya está al límite: formularios, valoraciones, plazos eternos, llamadas que no se responden, expedientes que se pierden en el laberinto administrativo. La ayuda que llega tarde no es ayuda: es una disculpa con membrete oficial.


Tercero, hay que apostar de verdad por la atención domiciliaria. La mayoría de las personas prefieren quedarse en su casa el mayor tiempo posible, y eso exige recursos, profesionales, coordinación sanitaria y social, tecnología útil, viviendas adaptadas y apoyo a las familias. No basta con decir “que se quede en casa” si luego la casa se convierte en una residencia improvisada sin personal, sin turnos y sin descanso.


Cuarto, hay que dignificar el empleo de cuidados. No podemos pedir calidad si condenamos a la precariedad a quienes cuidan profesionalmente. Auxiliares, gerocultoras, trabajadoras de ayuda a domicilio, empleadas de hogar, terapeutas, asistentes personales: sin ellas, el sistema se hunde. Mejorar sus condiciones no es un gasto: es una inversión en humanidad y en economía real.


Quinto, hay que hablar de esto a plena luz. En los colegios, en los medios, en las empresas, en los parlamentos, en las conversaciones familiares. Cuidar no puede seguir siendo una emergencia que se improvisa cuando ya no queda más remedio. Deberíamos aprender antes: qué recursos existen, cómo se acompaña, cómo se reparte la carga, cómo se cuida sin romperse.


Porque también hay una oportunidad. Una sociedad que cuida bien es una sociedad más fuerte: genera empleo, reduce ingresos hospitalarios evitables, mejora la salud mental, permite conciliar, protege a los mayores, acompaña a las personas con discapacidad y reconoce algo elemental: la vulnerabilidad no es una excepción, es parte de la vida.


Durante demasiado tiempo, las cuidadoras han sostenido el mundo sin hacer ruido. Han hecho de enfermeras, gestoras, psicólogas, cocineras, conductoras, auxiliares y muro de contención emocional. Todo a la vez. Sin horario. Con una frase que escucho demasiado: “es lo que toca”. No. No puede ser solo “lo que toca”.


Toca cuidar a quienes cuidan. Toca financiar mejor. Toca resolver antes. Toca escuchar más. Toca repartir la carga. Toca dejar de llamar amor a lo que muchas veces es abandono institucional. Toca entender que detrás de cada persona dependiente hay otra persona sosteniendo la vida con las manos, muchas veces sin red.


Y toca asumir una verdad muy sencilla: el futuro de los cuidados no es asunto de otros, es nuestro futuro. El de nuestros padres, el de nuestros hijos, el de nuestras parejas y el nuestro. Nadie atraviesa la vida sin necesitar a alguien. Y cuando llegue ese momento, todos querremos algo básico: que no nos cuiden con prisa, ni desde el agotamiento, ni desde la pobreza o la soledad. Querremos ser cuidados con dignidad.


Así que empecemos por ahí: cuidemos, de una vez, a quienes ya están cuidando. Y hagámoslo antes de que otra mujer, otro hijo, otra pareja, otra familia entera tenga que gritar para recordarnos que no son santos, ni mártires, ni invisibles.

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